Acompañar a las trabajadoras y trabajadores no es solo estar cerca, sino caminar con ellos en la defensa de sus derechos, iluminando su realidad con la luz del Evangelio. Cada persona que trabaja es hija de Dios y merece un trabajo digno, libremente elegido, que respete su dignidad y le permita sostener a su familia. La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que el trabajo no es una mercancía, sino una vocación que construye comunidad y contribuye al bien común.

León XIV nos recuerda en Dilexi Te las enseñanzas de San Juan Pablo II:

El trabajo adquiere importancia cuando queremos pensar en el rol activo de los pobres en la renovación de la Iglesia y de la sociedad, dejando atrás el paternalismo de la mera asistencia de sus necesidades inmediatas. En la encíclica Laborem Excersens afirma que “el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de la cuestión social” (León XIV, 2025, p. 77)

Pero ¿cómo acompañar? Primero, escuchando. Escuchar el clamor de quienes sienten que sus derechos son vulnerados cada día. Escuchar para comprender sus luchas y esperanzas.

“Terminas con el cuerpo roto” (ABC, El instituto de las Mujeres llama a empresarios y huéspedes a facilitar el trabajo de las camareras de piso, 30/07/2024).

Luego, caminar juntos: dar a conocer los recursos y entidades que defienden los derechos laborales, orientar en los procesos, y animar a que nadie se sienta solo en esta búsqueda de justicia. El acompañamiento es presencia activa, es tender la mano para que la persona descubra su propia fuerza y se organice para reclamar lo que le corresponde.

Como Iglesia, estamos llamados a ser signo de esperanza. No basta con denunciar la injusticia; debemos crear espacios donde las personas trabajadoras puedan compartir sus experiencias, formarse en sus derechos y encontrar apoyo fraterno. Acompañar es también educar en la conciencia social, para que cada comunidad cristiana sea un lugar donde la dignidad del trabajo se defienda con firmeza.

Jesús nos recuerda: “El obrero merece su salario” (Lc 10,7). Defender los derechos laborales es defender la vida y la justicia del Reino. Que nuestro compromiso sea reflejo del amor de Cristo, que vino para que todos tengan vida en abundancia. Acompañar en los derechos laborales es, en definitiva, acompañar a Cristo en los más pequeños.